Ampárame, tú qué has visto cómo los arcoíris se derriten, cómo los hombres cantan sus canciones de guerra, cómo el filo corta y Dios ahoga. Rebélate y ampárame, tú que sanas, tú que anestesias, tú que haces olvidar y no olvidas, tú, dulce rosa perenne, tú, esclavo del reloj y del dinero, tú.
Levanté una mañana vestido de trapo, y no supe dar más de dos pasos sin tropezar. El lodo negro me llegaba hasta las rodillas y la pureza de la noche reclamaba mi alma como suya. Mi piel olía a un viento falso de flores atadas con cordel y sonrisas vacías.
Grité que no, y me asfixié. Lianas grises y secas oprimieron mi cuerpo hasta un antiéxtasis, un contraorgasmo de gritos y miseria que brotó en mi piel hasta romperme el corazón.
Y entonces me volví de arena, dejando rastros en todos los cuerpos y mentes que tocaban, y deshaciéndome un poco cada vez. Y como la soledad es buena compañera en la vejez, yo, que soy joven, pequé de filantropía.
Ahora que el calor entrópico me hace cristalizar, y no puedo evitar clavarme sobre mí mismo y aguardar las sorpresas que tu cuerpo me oculta. Pero tú, que has catado las noches más claras y los días más negros, lo sabes bien: los muertos no sangran.
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5/08/2016
XXXV: Cronoscopia
4/06/2016
XXXIII: Carta a mis demonios y cieno metapoetico
Critico almas sin dueño. Escribo poemas que saben a angustia, a hiel, a óxido. Muero por las noches que duermo abrazado a un recuerdo. Vivo por los días no vividos.
Saco mis horas más trágicas. Fuera pantalones. El climax llega, mis brasas exhalan suspiros granate, lenguas fugaces que lamen un rostro encarnado que nunca llegó a pertenecerme del todo. Y esas almas que me rebosan y te rebasan también arden, y el sudor a vuelapluma no logra catarlas de nuevo.
Te miras a un espejo, y no ves nada. Lo rompes y te reconoces. ¿Qué ansias, monstruo de papel? Hablas de sangre y cadenas, de lucha, sentimientos. Deja que el grito de tus entrañas sea el que haga mella.
¿Pides respeto? Cómpralo. Al mejor postor. Que se quede el cambio. Tu ya tienes tu chute de endorfinas y ego frío. ¿No te sigue sabiendo la boca a angustia, a hiel, a óxido?
Follas. Satisfaces ese instinto primario que martillea en tu cabeza (y en otros recónditos lugares) al son de unos latidos que nunca fueron tuyos. Llegas al orgasmo, o no, has cumplido tu tarea. A otro con la puta fisiología.
Y reclamas, reclamas poemas, y abrazos, y amor, y luces de colores brillando en el árbol, y ese dulce futuro al que aspiras. Pero el problema de ser igual por dentro y por fuera es que la rabia contenida no explota: se filtra. Y se filtra en los papeles, y en las palabras, y en los trazos imperfectos, y sobre todo en esos ojos vidriosos, muertos, negros.
Temo tu voz. La temo cuando me asomo a tu mirada y veo residuos de la tristeza. La temo cuando me aferro a tus estigmas y ellos se derrumban sin compasión. Tarde o temprano todos morimos. Y, la verdad, la autodestrucción es mi forma de arte favorita. 
3/19/2016
XXXIV: Ciudad (cómo abandonarla sin generar caos)
Una joven espera en la parada del autobús. Esta noche nadie vendrá a por ella.
Su abrigo calado hasta la saciedad aún chorrea, aunque la lluvia pasó hace tiempo. Una farola tililante no es capaz de matar la oscuridad que la envuelve, porque quizá la genere ella. Sus gafas empañadas constituyen testigo mudo de las luces de los coches, que avanzan en tropel por la carretera, sin rumbo. Entre la marabunta, quizá algún desconocido se apiade de ella y la invite a pasar la noche. Pero ella lo rechazará (con el corazón roto el frío no duele).
Un joven es apuñalado en un callejón. La muerte se relame en los tejados.
En los adoquines humedos se crean ríos rojos que nunca llegarán al mar. Él llora con el cielo. Se arrepiente de no haber amado más, de que nadie le sostenga la mano esta noche. ¿Qué iluso echará de menos a un alma afligida? Un gato satisfecho termina una raspa de pescado en los contenedores, su estilizada figura crea una sombra sobre él. Pero sus ojos ya están cerrados (aunque su mente pida auxilio).
Ella llora; él grita (confrontación inerte). Nunca se conocieron, nunca se conocerán. Y sin embargo, cuando el alba los encuentre en las calles, cadáver en vida ella, emoción en muerte él, el sol mismo se compadecerá y los arropará con su luz. Mañana nadie los recordará. Las calles serán su hogar. De nada sirve que llueva sobre mojado.
2/25/2016
CATARSIS: Tú, humano, y mis noches de gritos. Parte II
Siete noches. Así empieza la deliciosa cuenta regresiva que cierra los ojos de aquellos infelices incapaces de alcanzar la luna con su voluntad. Tus ojos (podridos de sociedad) .
Siete noches y siete días. Poco a poco caemos en una espiral de arañazos y besos que robamos de los deseos del otro. Nos tumbamos en la ladera de la montaña y esperamos a una explosión sublime que te mueva a dejar atrás la tranquilidad y la cordura. Extraño los espejos que reflejaban tu rostro, y esos arcoíris cenicientos que unían tu destino con el mío.
Está despuntado el alba y con ella, la ansiedad toma las riendas de mis pupilas. Ya sólo veo al monstruo de debajo de la cama intentando alcanzarme, besarme, tocarme, hacer de mí todo lo que, en el fondo, siempre soñó con hacer y nunca pudo. Pasaré siete noches durmiendo.
Sigo tumbado en la ladera de la montaña, y veo una nube con forma de monotonía sobre mí, y su sombra me tapa. Los monstruos se tumban a mi lado y hacen el amor, y yo ni siquiera los miro. El alba sigue despuntado. Yo sigo esperando a que algo explote.
Siete días. Dios creó el mundo en siete días. ¿Y las siete noches? Se emborrachó, se folló a su creación, emanó, y los divinos cafés con sal sirvieron de poco. No es que a dios no le importes, cielo: es que tiene resaca.
2/20/2016
XXXII: Relatos vívidos de Átropos
La ceguera protege del hambre. Cuando acaricias ese torso desnudo piensas en Dios, y en la perfección de su obra, y tus huecos se llenan de la luz liviana del mediodía. Pero a todos nos cae la noche, y la oscuridad pesa, y pesa, y pesa. Ya no te mueves, ya no respiras, acechas a tu presa. Tu Dios está entubado y es objeto de disección.
La sala blanca gira en torno a mí y las alarmas no saltan. No hay más alarmas. Oigo un ruido de cadenas rotas, la libertad nunca supo tan amarga. El miedo reemplaza al aire, ¿acaso me gusta enfrentarme a ti? Te llevaste mi emoción hace tiempo.
A Dios se le ha roto el pecho. Ya no hace tic tac. Tú te masturbas con la bizarra escena, y llegas a un extasis rojo de lágrimas. La culpa y las compasión nunca fueron tus aliadas. Dios te bendiga, Dios ya no existe.
El grito se ahoga siquiera en mi mente porque el auxilio nunca llega. Las estrellas se estrellan, y en el suelo quedan excrementos, irá, conmiseración. Liberarte, ¿cómo? Si ni siquiera sé mirarte a los ojos. Enséñame a sentir.
Ahí te quedes, en tu pozo inmisericorde, furcia, fulana, ramera. A todos te follas, a todos satisfaces por igual (y ninguno recuerda nunca pasar por tus piernas). ¿Dónde está esa luz liviana? La noche se derrite y ya nunca amanecerá. Deus ex machina.
2/11/2016
XXXI: Mar (helado) dentro de un vaso de Ginebra
En tus ojos azules ya solo veo el reflejo del mundo.
Inspira.
Las paredes de latón echan un vistazo a la inercial quietud inerte.
Espira.
La explosión mueve cadenas, nadie habla, todos corren.
Inspira.
El humo baila sobre nuestras cabezas, vicisitud impuesta.
Espira.
El verde es ficticio, el oxígeno escapa a nuestras posibilidades.
Inspira.
Escaparates insinuantes te abren sus piernas, embiste.
Espira.
Sacas la cartera, pones el alma en la mesa, transacción finalizada.
Inspira.
Las torres acarician a Dios, y tú sobre ellas te sientes vacía.
Espira.
Dios se derrumba y los ladrillos permanecen (miras y no ves).
Inspira.
Te pierdes en la inmensidad, eres libre y nadie te conoce.
Expira.
El hedor putrefacto te embarga, te llena, y te rindes a ello.
¿Cómo morir
si ya estoy muerto?
2/02/2016
XXX: Historia del amor asintótico
Me despiertan, a mí, bosque, entre orgasmos de otros, ya nunca entre los míos. Me despiertan sabiendo que la mañana blanda como la mantequilla es mi cenit, y después las ramas cenicientas taparán la luz. Y sobre mi piel, tierra, el tacto del polvo, de la luna, de esos besos mal pronunciados, del espejo que sólo te refleja a ti, de la sangre de todos a los que extraño, del recuerdo de tus caricias, de tu sabor cuando te corres sin avisar.
Me despiertan, sí, tus arañas, que con esas patas alargadas y peludas, tan duras y frías como tu corazón, avanzan entre mis recovecos en tropel. Vientos víricos mueven mis ramas, y la dura serpiente, que no se enrosca pero escupe veneno, no sabe que ya no duermes conmigo, y sacia su hambre con los hombres sin rostro que aún yacen junto a mí.
¿Son tus días y tus noches suficientemente largos como para matarme sin esperar al mañana? Tendremos que conformarnos con las alimañas que en nosotros moran, y saborear esta libertad mal regada de nuestra distancia. A fuego lento se congela mi voluntad, ¿acaso no hueles la ironía?
Mañana será demasiado tarde, o tal vez hoy ya lo sea. El huracán arranca la foresta seca y me purga de ti, y de ella, y de todo. Renace mi yermo y arrasa con todo a su paso. Mañana no crecerá nada en mí, bosque, porque he bebido la sal de tu piel apenas catada, sustituto de aquel alma entre cadenas. El geyser se hace lago, ay. Serenidad. Quietud.
¿Sabes cuándo el cristal es (o intenta ser) frío y cortante? Cuando está roto. Evadirás mis preguntas y yo evadiré ese rostro tuyo que no te atreves a mirar, y que niegas con una máscara de laca y celofán. Inhalo tu amnesia. Y es que las noches están hechas para decir cosas que no podrás decir en la mañana. El olvido te arropará y el conformismo será mi guía. Que pase rápido.
1/31/2016
XXIX: Piezas
Desparramado en la cama, triste puzzle, puzzle sucio. Me he creído esos cuentos de violencia y realidad que cantas, y la lluvia está calando en contra de mi voluntad. Yo te he creado pero las pesadillas de abstinencia y corazón azul no se van.
Cuando la noche cae, has muerto de nuevo. Vuelvo a ser un títere, juega con mi corazón, que soy adicto. ¿Qué miras? ¿Quién eres? Te desangras y creas barreras con el rojo helado. Puzzle cruel, dime los nombres que nunca pronunciamos por miedo a rendirnos.
Te he visto en el espejo y tus ojos me han dicho que mientes. Mátame, bésame, pero no te balancees sobre mi alma. Dime todo lo que no quiero oír con esa lengua opaca que ansía la nada. Gritaré sobre tu escala de grises porque sé que no te gusta. No me mires.
No sé quién soy alrededor de tu cuello. El lastre de las páginas ya no me deja volar ni ungirte con mi alma. Puzzle roto, el sudor torpe y conforme de una tarde te ha contentado, ¿sabes que hay más debajo? Deja de señalarme en otra dirección y niégame mis deseos.
Mi puzzle amargo, mi puzzle ambiguo, quisiera terminarte (o empezarte siquiera). No me hagas cerrar los ojos, aún es de día. Rompe la barrera de mi corazón y explícame por qué me quiebro en tu presencia, por qué mis manos se llenan de lodo. ¿Eres algo sino un reflejo de mi virtud e inicuidad?
Sé que me olvidaste antes de encontrarte. Sé que debo cortar las cuerdas. Sé que aún extraño quién era, o creía ser. Tu alma no huele a cadenas, huele a destierro. Tanto espacio en la cama y estamos tan cerca... Vuelve a mí.
1/26/2016
XXVIII: La Bohemia (o cómo un cristal se cansó del espino)
La noche se cierne sobre la fachada del viejo caserío. Dentro, quietud. La Bohemia recorre en silencio la estancia y observa a su paso. Mil relojes de cuco rotos en la entrada del salón con caras de mártires. Un marco barroco da paso al grito del río que, sin cauce, rezuma por las paredes y el techo. El pez ni se inmuta. En el cesto de la ropa sucia, los sueños de algún niño serán ahogados e incinerados (y es que las manchas salen mejor con fuego). Un chupito de tequila, dos para el diablo, sobre la mesa del comedor, y la carne del Salvador, Aleluya. El brillo del oro y el organillo de plata.
Entra en su habitación sin llamar, vomita sobre el brillante parquet, y el suelo traga porque, ay inmaculado, está tan podido como ella. Una voz lejana la manda al infierno (no, al cielo) y entre carcajadas la Bohemia sale.
Sabiéndose centro de la mirada de su padre, se postra de rodillas frente a la televisión con devoto silencio. En estático placer comienza a gritar su nombre, amantísima. Los gemidos hacen eco en las paredes, aunque no queda nadie para escuchar (excepto tal vez la paloma muerta del tejado, alguien debería limpiarlo).
Paga la cuenta con absoluto recato, y una llama arde (ah, no, que es de plástico). En latín, lanza maldiciones: "a qué espíritu aspiras, si hasta tu luz es un artificio barato". Marca una equis sobre su corazón y se marcha.
Dos extraños en un vagón de metro colisionan cráneos en impacto mortal. La Bohemia sonríe. A martillazos se filosofa mejor.
1/24/2016
XXVII: Viacrucis
Míralos. Besa el dolor encarnado de tu suficiencia y escupe hiel. Rompe el espejo, ya no eres arte. Has olvidado ser arte. No lo necesitas (Stendhal en off). Escalada o clímax. Corta las cuerdas y caída libre.
Míralos. ¿Recuerdas a qué sabía el placer cuando eras uno de ellos? ¿Recuerdas el regusto del odio? Arranca las gargantas con tus dientes y traga su sangre insípida. Báñate desnudo en sus vísceras, que el hedor impregne tu piel. El viento en tu cara. Siente el frío.
Míralos. La barrera ya no se quiebra. Crees en el amor, pero estás muerto. Quizá estés vivo, pero lo has olvidado entre rabia y melancolía. Ser subversivo no salva del destino. Dolor en el pecho. Estallido de vértebras.
Míralos. Ten fe. Busca la fe. Abrázala. Reza por que no sea muy tarde. Lanzarte te hace humano, estrellarte te devuelve a la realidad, pero en la caída... En la caída eres eterno. Encefalograma plano. Oscuridad.
Dead men tell no tales.
1/17/2016
CATARSIS: Automatización de la imagen. Parte I
Nado en un mar de espejos rotos. A cada braza, los reflejos de un pasado aún caliente me cortan. Sangro. La voz en off de la entereza me sugiere que cese mi avance masoquista. No la escucho.
Temo la isla en el horizonte. ¿Acaso no soy solo un náufrago más, no sería más fácil seguir buceando entre cristal? La corriente aleja el pesimismo, y con ella, la razón.
- (Soy un jarrón. Me quiebro. Me rompo. Me recompongo con el viento de levante. Vuelvo a caer.)
Se abre el telón. Hay un viejo colchón en una habitación pintada de gris. La sangre impregna las sábanas y chorrea sobre el suelo de mármol, que dibuja el contorno de la lámpara de araña mortal que pende de un hilo. Dos puertas tapiadas, una de entrada y otra de salida. Un grito rompe el silencio, pero el árbol que cae en el bosque sin nadie alrededor tapa el sonido. El frío colapsa. Se cierra el telón.
Mis noches solitarias se aferran a la idea de un mañana fugaz. Rompe el jarrón. Húndete en el mar.
1/05/2016
XXVI.2: "¿El hombre ha muerto?"
Y el silencio hace mella.
La antítesis crea aristas, y entre barro, sangre y marfil nace el hombre, el desastre perfecto y bien formado a imagen de un Dios que no existe (¿qué esperabais?). Pero ¿y si la piel no pesa más que el alma? ¿Y si la antítesis no era sino el complementario?
Sobre sus hombros descansa el peso de la animalidad, la tradición y la imagen. ¿Puedes acaso amar, estatua de sal? Muerde entre bocanadas de placer sucio, y el temperamento rehuye las cadenas. ¿Eres simple o sencillo? ¿Ignoras que se te escapa la belleza o la dejas escapar?
Las inscripciones en la piedra limitan tu destino: si puedes vivir feliz, no vivas satisfecho. Ansias la claustrofobia, las ataduras, la moral, ¿y a qué aspiras cuando el fin ha acabado?
El cielo llora por ti, la historia te amarra. Tienes miedo y tu ira desenmascara una sangre transparente. Amas en estéreo. Pero el futuro es brillante, la escala de grises desarraiga el blanco y negro. Despierta por ti. Despierta por todos.
Un grito desesperado alcanza su otra mitad: "¡Venus, Eros, Eva!". Salvaos.
XXVI.1: "Matrem"
"¡Venus, Eros, Eva!", un grito desesperado planea sobre la sombra de la existencia femenina, y sólo los poetas se paran a escuchar.
El primer término refiere a mariposas, a balbuceos, a belleza. Un embrujo inefable, de piel y alma, que conecta las mentes de todo lo que respira, vive y ve con ella. La mujer se perfila, los ojos son pozos profundos y nos hundimos en ellos. Caricias de esencia, suavidad.
Después viene el placer, o el deseo hecho cuerpo, el instinto que llama a la anarquía y el paroxismo carnal de sudor y saliva. La animalidad despierta, y cualquier incauto (o incauta) corre a asirla con las dos manos, no vaya a ser que se derrame sobre otros. Furor de batalla, todos vencedores.
El trinomio se cierra (paradójicamente) con la vida, con el prototipo que otros pintaron por desidia con debilidad, dependencia, limitaciones. Y como siempre estuvo ahí, ahora hace acto de presencia, con cuidado y miedo, pero a cada instante más fuerte.
El grito en sí es una llamada, una luz de esperanza, un asidero de libertad. Olvidan. Pataleamos. Renacemos. Se colije que el amor es suficiente.
11/23/2015
XXV: Sobre bosques de rosas glaciares
Me pregunto si la escarcha huele a mañanas perdidas, y a café recién hecho, y a la tinta de un periódico, y a sexo matutino.
En la orilla cristalizan los cadáveres perennes, se astillan, y se clavan en un un corazón ya no más mío, al que tus mariposas enterraron como un beso nunca pronunciado, o un poema que supo a poco. El viento me estremece, me abrigo con recuerdos de lujuria y placer (¡evohé!).
Y mientras el frío avanza hacia el centro de gravedad, la soledad se agrava. Se agradece tu calor de cumbres de pladur y ojos de cristal, que no son distintos de los autómatas que en ellos moran, pero esta vez el iceberg coincidirá con el Titanic.
Me pregunto si la escarcha borra las huellas a su paso.
Reminiscencias: una letra, una mirada, un olor. En el río congelado un pez aletea y alguien debería matarlo de una vez. El fluir se vuelve ficticio, el cero absoluto se acerca al cabecero.
La burbuja helada se cierra en torno a mí, pero no me importa, tú ves a trasluz. Tal vez me dejé flotar, hoy, sólo por esta noche. ¿Dónde dormís, ruinas pasadas? ¿Quedáis en el fondo conmigo?
Me pregunto si la escarcha cubrirá mis párpados y me permitirá dormir esta noche.
Las capas de hielo alejan a los precavidos, y la sal de las lágrimas no logra fundirlas. El olvido se acerca, y el gozo amargo me impide asirme a ti. Pero no hay prisa, ya llegarás. Siempre llegas.
11/14/2015
XXIV: Apatía
Una noche, el miedo tomó la guadaña y segó vidas. Una noche, la gran madre patria apagó sus luces a la pérdida. Una noche, Dios lloró. Nuestras almas vuelan lejos, pero ¿a dónde huir si el enemigo somos nosotros mismos?
Las palabras edulcoradas y amarillas que calan, la magnífica capacidad de ignorar por desidia y tragar la pastilla y el pintar la sangre del color del pasado nos harán arrastrar las cadenas de la pérdida. La guerra viral radicaliza ideas y como estamos ciegos, nos podrimos.
La mente susurra a gritos. El odio es fácil. La negrura nos rodea, y nosotros, impotentes y aterrorizados, solo podemos mirar para otro lado. ¿Desde el palco se ve bien, presidente, o necesita otra venda?
Alguien grita y el ruido sordo se hunde en las opiniones blandas. ¡Es la civilización, congratúlense! ¿Dónde está el ser humano? ¿Dónde el monstruo que creamos? El espejo alberga una respuesta.
Patalead, convertíos en bestias de emoción y ternura. A la guerra no se gana o se pierde, sólo se sobrevive. ¿Sobreviviremos a la comodidad? Europa, afloja las cadenas y danos un libro, que el rebaño sigue bien, pero muere fácilmente.
Que la bruma del tiempo no conviertan las montañas en islas lejanas, que nuestros labios no evadan el amargor de la sangre. Que el mundo no olvide los estragos del terror. Que amanezca en el cadáver de la sociedad.
11/09/2015
XXIII: Ceniza y paraísos cromáticos
Apenas abrió sus párpados, la luz pálida y cortante del alba penetró abruptamente en sus pupilas, revelando la dolorosa blancura de un cielo mortecino. El aire gélido del océano la dejó sin aliento mientras las olas mecían su cuerpo a merced, arrastrándola en aquella inmensidad rara y nebulosa. Sintió a la oscuridad azulada de las profundidades llamarla por su nombre, inspiró la sal dulzona del viento. Quietud, tristeza.
La noción del tiempo se turnó imposible, y descubrió una rareza familiar en el tacto de la arena en sus dedos cuando sorprendió a los ocres y amarillos de la orilla rodeándola, abrazándola. El sol de mediodía brillaba sobre ella cuando se levantó, generando reflejos rubios en su cabello empapado y cegándola. A cada paso, su sangre se derramaba por la arena, la piel se sentía extraña, el alma, más. La esperanza dorada fluyó ante ella, y comenzó una persecución instintiva hacia lo desconocido.
La soledad se le enroscó alrededor del cuello y descubrió un bosque desconocido cerrándose sobre ella. La respiración se volvió agitada, el pulso vibrante. Los grises y verdes del follaje crearon contraste contra la figura del sueño animal, el corzo huía. La humedad vegetal de aquellos árboles de garras afiladas se sumaba a la de su vestido empapado, un peso muerto de color negro entorpeciendo la cacería.
Olía a luna y a añil en el claro donde lo encontró, tenuemente iluminado por la vieja candela de pez que colgaba de su corazón (o era el mismo). Cuando de acercó a poseerlo, un cristal infinito frenó su avance. El deseo y la desperación hicieron mella en ella, se le quebró la voz, la negrura la devoró.
Un instante y el deseo explosionó en tecnicolor, liberando miles de luces bailarinas que crearon formas exquisitas y describieron piruetas caprichosas. El amanecer perezoso tintó de morado la tierra y la sorpresa hizo a su corazón desbordarse. Ella gritó de júbilo, "¡Roscharch! ¿Ves la soledad? Veo un Dios inacabado." El éxtasis se apoderó de su ser, llenándolo, el gozo la desbordó.
Sus lágrimas de felicidad inundaron el monocromo del mundo.
Nació.
10/07/2015
XXII: Diario de un asceta pseudosocial
Cuando abro los ojos, el mundo real se ha desvanecido. Soy eidos, puro y perfecto, y mi planteamiento existencial también es perfecto. Soy Dios. Soy todo. Entonces vuelvo a cerrarlos, y la esencia me arrastra.
2
Me despierto en una sala blanca, inmácula, que parece no tener fin. A mis lados, estatuas albas escrutan cada movimiento. Avanzo con cautela, y noto sus miradas clavadas en mí. ¿Acaso juzgan? Parecen tan bellas, tan puras...
3
Llevo horas deambulando, y el paraje no cambia. ¿Estoy dando vueltas en círculo? ¿O realmente ando en fractal? El tedio empieza a agarrotar mi mente, y me hace delirar. ¿Acaso una de esas figuras se ha movido? Lo dudo.
4
Hace rato que dejé de caminar. Ahora estoy tumbado en el suelo, demasiado cansado como para intentar avanzar siquiera; es inútil. Dejarme llevar por la quietud parece la única opción. Mientras, esos monigotes blancos siguen mirándome. ¿Acaso se ríen de mí ?
5
Empiezo a arañar el suelo debido al sopor y la rutina, y hago un descubrimiento (quizá no tan) sorprendente. La blancura es falsa. La fugaz apariencia la crea una fina capa de papel, que se elimina fácilmente una vez descubierto. Bajo él, todo es cristal negro, frágil, resbaladizo. Serendipia.
Al quitar el papel de las estatuas, descubro que dentro de algunas hay un espejo. Me asomo a una, y entreveo una mancha difusa. Me asomo a otra, y diviso mi figura. Comprendo que, aunque parecidas, no todas eran iguales: es cuestión de nitidez.
7
En los espejos, la imagen reflejada es la de una estatua. La sangre hierve: soy uno de ellos. Lloro por el descubrimiento, y empiezo a derribarlas, pero no se quiebran (¿acaso no tenemos la misma dureza?). Trato entonces de ignorarlas, ¿pero acaso al cristal le importa?
8
Se mueven. Muy lentamente, pero lo hacen. Estaba tan obcecado en mí que no me percaté. Intento ayudarlas a avanzar más rápido, pero no consigo moverlas. Ah, son ciegas. La angustia me embarga. ¿De qué sirve ser el más brillante, si nadie puede verlo más que tú?
9
Encuentro papel blanco, y me cubro con él. Ahora me ven, por fin, puedo avanzar con ellos. Ah, pero resulta que todas sus cubiertas no son iguales, como había supuesto al principio. Me río. Somos marionetas en matices de blanco.
Es necesario.
10/02/2015
XXI: Del machismo y otros cuentos
Y es que Venus ha soltado las cadenas, y sus hijas se rebelan; y es que Marte ha bajado del cielo, y se sienta a contemplar. Ahora, la vida está para vivirla y ¿acaso alguien puede juzgar qué vivir?
"Quién necesita a un príncipe", dice Cenicienta con sus botas de cuero, mientras Blancanieves cambia una manzana por el cuello de la misma. Vamos, atreveos a decirles que no es bello.
Y ahí está Rapunzel, rapada al cero para no quedarse encerrada de por vida en su torre de estereotipos, y que ahora nos mira altiva desde su mecedora en la luna. El gallo de los (no tan) huevos de oro va comprendiendo que para ganar, hemos de hacerlo todos juntos.
Que ya no se necesitan espejos mágicos para ser la más bella, que hemos resurgido. Adelante, arpías, no os temen. Ya no. "Madre, no llores, que ya es tiempo de alegría. Madre, no llores, que el sol ha salido."
Incluso Dios se ha postrado bajo el peso de las princesas de República, mientras los príncipes se montan una orgía. Estamos ganando terreno, la humanidad se expande (y eso del género ya ha degenerado).
Y no obstante, aún perduran los reyes malvados y las madrastras crueles. Porque el yugo es fácil cuando lo lleva otro. Porque en la época en la que sólo vistiendo de rojo tememos a los lobos, el hombre toma el relevo.
Necios, naced y percataos de qué hay delante de vosotros. El "si no lo veo no existe", y otras tantas justificaciones prejuiciosas nos han llevado al miedo a nuestra propia piel. Rezagados, dejaos llevar, porque el cambio compensa.
Por suerte, la mayoría no nos fiamos de las brujas con casas de caramelo, no nos fijamos en las etiquetas regurgitadas de la tradición. Y esta vez, señoras, señores, no hay moraleja, porque la historia no ha hecho más que empezar.
9/17/2015
XX: Ephemera
Un eco lejano ha abierto las cicatrices, que ahora rezuman, purulentas, y el espejo refleja unos ojos antiguos. Ojos secos, vacíos, que contemplan los harapos del niño afligido, el fuego del hombre sin alma, el color sempiterno de la soledad, la ruina fría.
¿Y acaso los ojos que miran son los que devuelven la mirada, o es un juego que el espejo crea para reafirmar la cordura pasajera (frágil, frágil)? Vil cristal que eres yo y nadie, evoluciona. Cambia. Vive.
La lluvia a cuentagotas empapa las sábanas, pero yo sé que pasa, que se olvida, que en el fondo no duele. ¿Estoy huyendo, reflejo cruel? ¿Acaso eres tú el verdadero, y yo la copia?
Escondido en pieles ajenas no me oculto de ti. El abúlico ave fénix oronda me grita que nunca he sido yo, ni nadie. Escupo sobre sus moratones autoinfligidos, sobre sus entrañas arrancadas per se. El espejo sirve de barrera, "bastante tiene con lo suyo".
Ni el espejo confirma mi identidad. Conversación entre el id y el superego, ¿ha muerto el yo? Quizá sea demasiado brillante, y me ciegue la luz. Quizá la oscuridad sea lo real. Cierro los ojos, bajo a los infiernos, y me descubro a mí. Ah, resulta que el yo vive. Pero ya da igual.
(GRITA, VIVE, SUEÑA, LLORA, AMA, RÍE, MUERE.
¿Por qué llevas ese estúpido disfraz de humano?)
Soy roca porque eres (eras) cristal. Me dueles: te quiero. Tómame, no lucho. Pasado en papel efímero, vuelve al cajón de mi indolencia.
8/27/2015
XIX: Nueve y cuarto; el lobo ha entrado
Gritos; gritos y pólvora.
El aire se agita, satisfecho, con la escandalosa risotada de la demente, mientras ésta se sienta y contempla el estropicio. La hedentina comienza a llenar el ambiente, y ese cuerpo convulso y frenético (no es suyo, no, nunca fue suyo) le pide sangre. ¡Oh, graciosa criatura, posa presta la mirada sobre tu obra, que no es el pecado sino el sentimiento!
Sus pasos cuando, sin prisa, se levanta y pasea son gráciles, medidos, elegantes. Fuera, la lluvia eterna repiquetea contra el cristal, aunque nunca entra. En la mesa reposa la cena aún tibia. "Qué desperdicio", piensa, y muerde una patata demasiado grasienta. Arruga la nariz (detesta que la gente no se esmere lo suficiente), y vuelca la mesa de una patada. Pronto se olvida y vuelve a su feliz paseo.
La amada, la poetisa, la mira desde el suelo, con esos ojos muertos, asquerosos, asquerosos. La camisa rota y roja deja al descubierto el seno que la bala no atravesó, con el gran pezón rosado en la cumbre que parece llamarla, incitarla a beber de él las últimas caricias, los últimos orgasmos. La demente ríe de nuevo. No caerá en su juego.
Y el sabio yace a su lado, de espaldas, tan frío como cuando vivía. Calculador hasta el último momento, prefirió rajarse la garganta con el cuchillo a afrontar el sufrimiento. Su rostro muestra la expresión impasible, la emoción pétrea que reflejó durante el tiempo que estuvo vivo. Ahora, con todo el conocimiento y la arrogancia, su cadáver está tan muerto como el de cualquiera.
Y queda ella, la demente, la narcisista, y juega; juega porque sabe que es mentira; juega porque si no, dolerá demasiado. Baila, dibuja una cara sonriente con la sangre, se tumba junto a ellos, llora desconsolada, y ríe de nuevo. "¿Quién dejó que el placer amargo rompiese las cadenas?" clama. Y con la tormenta fuera, ella permanece inmaculada y pura aun cubierta de sangre y rencor.
De nuevo, esa voz salvaje y brutal la llama al caos, y, con el mechero oxidado de su ira, prende las cortinas. Mientras la casa comienza a arder, la demente suspira, disfruta del calor, del dolor, del presente. Entonces, los cadáveres se levantan y la miran, todavía muertos, porque (y ella ya lo intuía) siempre lo estuvieron. Y cuando las llamas lamen sus cuerpos ignífugos la demente sonríe y grita de angustia.
Gritos; gritos y pólvora. El juego nunca acaba.

