Una joven espera en la parada del autobús. Esta noche nadie vendrá a por ella.
Su abrigo calado hasta la saciedad aún chorrea, aunque la lluvia pasó hace tiempo. Una farola tililante no es capaz de matar la oscuridad que la envuelve, porque quizá la genere ella. Sus gafas empañadas constituyen testigo mudo de las luces de los coches, que avanzan en tropel por la carretera, sin rumbo. Entre la marabunta, quizá algún desconocido se apiade de ella y la invite a pasar la noche. Pero ella lo rechazará (con el corazón roto el frío no duele).
Un joven es apuñalado en un callejón. La muerte se relame en los tejados.
En los adoquines humedos se crean ríos rojos que nunca llegarán al mar. Él llora con el cielo. Se arrepiente de no haber amado más, de que nadie le sostenga la mano esta noche. ¿Qué iluso echará de menos a un alma afligida? Un gato satisfecho termina una raspa de pescado en los contenedores, su estilizada figura crea una sombra sobre él. Pero sus ojos ya están cerrados (aunque su mente pida auxilio).
Ella llora; él grita (confrontación inerte). Nunca se conocieron, nunca se conocerán. Y sin embargo, cuando el alba los encuentre en las calles, cadáver en vida ella, emoción en muerte él, el sol mismo se compadecerá y los arropará con su luz. Mañana nadie los recordará. Las calles serán su hogar. De nada sirve que llueva sobre mojado.
Buscar este blog
3/19/2016
XXXIV: Ciudad (cómo abandonarla sin generar caos)
2/25/2016
CATARSIS: Tú, humano, y mis noches de gritos. Parte II
Siete noches. Así empieza la deliciosa cuenta regresiva que cierra los ojos de aquellos infelices incapaces de alcanzar la luna con su voluntad. Tus ojos (podridos de sociedad) .
Siete noches y siete días. Poco a poco caemos en una espiral de arañazos y besos que robamos de los deseos del otro. Nos tumbamos en la ladera de la montaña y esperamos a una explosión sublime que te mueva a dejar atrás la tranquilidad y la cordura. Extraño los espejos que reflejaban tu rostro, y esos arcoíris cenicientos que unían tu destino con el mío.
Está despuntado el alba y con ella, la ansiedad toma las riendas de mis pupilas. Ya sólo veo al monstruo de debajo de la cama intentando alcanzarme, besarme, tocarme, hacer de mí todo lo que, en el fondo, siempre soñó con hacer y nunca pudo. Pasaré siete noches durmiendo.
Sigo tumbado en la ladera de la montaña, y veo una nube con forma de monotonía sobre mí, y su sombra me tapa. Los monstruos se tumban a mi lado y hacen el amor, y yo ni siquiera los miro. El alba sigue despuntado. Yo sigo esperando a que algo explote.
Siete días. Dios creó el mundo en siete días. ¿Y las siete noches? Se emborrachó, se folló a su creación, emanó, y los divinos cafés con sal sirvieron de poco. No es que a dios no le importes, cielo: es que tiene resaca.
2/20/2016
XXXII: Relatos vívidos de Átropos
La ceguera protege del hambre. Cuando acaricias ese torso desnudo piensas en Dios, y en la perfección de su obra, y tus huecos se llenan de la luz liviana del mediodía. Pero a todos nos cae la noche, y la oscuridad pesa, y pesa, y pesa. Ya no te mueves, ya no respiras, acechas a tu presa. Tu Dios está entubado y es objeto de disección.
La sala blanca gira en torno a mí y las alarmas no saltan. No hay más alarmas. Oigo un ruido de cadenas rotas, la libertad nunca supo tan amarga. El miedo reemplaza al aire, ¿acaso me gusta enfrentarme a ti? Te llevaste mi emoción hace tiempo.
A Dios se le ha roto el pecho. Ya no hace tic tac. Tú te masturbas con la bizarra escena, y llegas a un extasis rojo de lágrimas. La culpa y las compasión nunca fueron tus aliadas. Dios te bendiga, Dios ya no existe.
El grito se ahoga siquiera en mi mente porque el auxilio nunca llega. Las estrellas se estrellan, y en el suelo quedan excrementos, irá, conmiseración. Liberarte, ¿cómo? Si ni siquiera sé mirarte a los ojos. Enséñame a sentir.
Ahí te quedes, en tu pozo inmisericorde, furcia, fulana, ramera. A todos te follas, a todos satisfaces por igual (y ninguno recuerda nunca pasar por tus piernas). ¿Dónde está esa luz liviana? La noche se derrite y ya nunca amanecerá. Deus ex machina.
2/11/2016
XXXI: Mar (helado) dentro de un vaso de Ginebra
En tus ojos azules ya solo veo el reflejo del mundo.
Inspira.
Las paredes de latón echan un vistazo a la inercial quietud inerte.
Espira.
La explosión mueve cadenas, nadie habla, todos corren.
Inspira.
El humo baila sobre nuestras cabezas, vicisitud impuesta.
Espira.
El verde es ficticio, el oxígeno escapa a nuestras posibilidades.
Inspira.
Escaparates insinuantes te abren sus piernas, embiste.
Espira.
Sacas la cartera, pones el alma en la mesa, transacción finalizada.
Inspira.
Las torres acarician a Dios, y tú sobre ellas te sientes vacía.
Espira.
Dios se derrumba y los ladrillos permanecen (miras y no ves).
Inspira.
Te pierdes en la inmensidad, eres libre y nadie te conoce.
Expira.
El hedor putrefacto te embarga, te llena, y te rindes a ello.
¿Cómo morir
si ya estoy muerto?
2/02/2016
XXX: Historia del amor asintótico
Me despiertan, a mí, bosque, entre orgasmos de otros, ya nunca entre los míos. Me despiertan sabiendo que la mañana blanda como la mantequilla es mi cenit, y después las ramas cenicientas taparán la luz. Y sobre mi piel, tierra, el tacto del polvo, de la luna, de esos besos mal pronunciados, del espejo que sólo te refleja a ti, de la sangre de todos a los que extraño, del recuerdo de tus caricias, de tu sabor cuando te corres sin avisar.
Me despiertan, sí, tus arañas, que con esas patas alargadas y peludas, tan duras y frías como tu corazón, avanzan entre mis recovecos en tropel. Vientos víricos mueven mis ramas, y la dura serpiente, que no se enrosca pero escupe veneno, no sabe que ya no duermes conmigo, y sacia su hambre con los hombres sin rostro que aún yacen junto a mí.
¿Son tus días y tus noches suficientemente largos como para matarme sin esperar al mañana? Tendremos que conformarnos con las alimañas que en nosotros moran, y saborear esta libertad mal regada de nuestra distancia. A fuego lento se congela mi voluntad, ¿acaso no hueles la ironía?
Mañana será demasiado tarde, o tal vez hoy ya lo sea. El huracán arranca la foresta seca y me purga de ti, y de ella, y de todo. Renace mi yermo y arrasa con todo a su paso. Mañana no crecerá nada en mí, bosque, porque he bebido la sal de tu piel apenas catada, sustituto de aquel alma entre cadenas. El geyser se hace lago, ay. Serenidad. Quietud.
¿Sabes cuándo el cristal es (o intenta ser) frío y cortante? Cuando está roto. Evadirás mis preguntas y yo evadiré ese rostro tuyo que no te atreves a mirar, y que niegas con una máscara de laca y celofán. Inhalo tu amnesia. Y es que las noches están hechas para decir cosas que no podrás decir en la mañana. El olvido te arropará y el conformismo será mi guía. Que pase rápido.
1/31/2016
XXIX: Piezas
Desparramado en la cama, triste puzzle, puzzle sucio. Me he creído esos cuentos de violencia y realidad que cantas, y la lluvia está calando en contra de mi voluntad. Yo te he creado pero las pesadillas de abstinencia y corazón azul no se van.
Cuando la noche cae, has muerto de nuevo. Vuelvo a ser un títere, juega con mi corazón, que soy adicto. ¿Qué miras? ¿Quién eres? Te desangras y creas barreras con el rojo helado. Puzzle cruel, dime los nombres que nunca pronunciamos por miedo a rendirnos.
Te he visto en el espejo y tus ojos me han dicho que mientes. Mátame, bésame, pero no te balancees sobre mi alma. Dime todo lo que no quiero oír con esa lengua opaca que ansía la nada. Gritaré sobre tu escala de grises porque sé que no te gusta. No me mires.
No sé quién soy alrededor de tu cuello. El lastre de las páginas ya no me deja volar ni ungirte con mi alma. Puzzle roto, el sudor torpe y conforme de una tarde te ha contentado, ¿sabes que hay más debajo? Deja de señalarme en otra dirección y niégame mis deseos.
Mi puzzle amargo, mi puzzle ambiguo, quisiera terminarte (o empezarte siquiera). No me hagas cerrar los ojos, aún es de día. Rompe la barrera de mi corazón y explícame por qué me quiebro en tu presencia, por qué mis manos se llenan de lodo. ¿Eres algo sino un reflejo de mi virtud e inicuidad?
Sé que me olvidaste antes de encontrarte. Sé que debo cortar las cuerdas. Sé que aún extraño quién era, o creía ser. Tu alma no huele a cadenas, huele a destierro. Tanto espacio en la cama y estamos tan cerca... Vuelve a mí.
1/26/2016
XXVIII: La Bohemia (o cómo un cristal se cansó del espino)
La noche se cierne sobre la fachada del viejo caserío. Dentro, quietud. La Bohemia recorre en silencio la estancia y observa a su paso. Mil relojes de cuco rotos en la entrada del salón con caras de mártires. Un marco barroco da paso al grito del río que, sin cauce, rezuma por las paredes y el techo. El pez ni se inmuta. En el cesto de la ropa sucia, los sueños de algún niño serán ahogados e incinerados (y es que las manchas salen mejor con fuego). Un chupito de tequila, dos para el diablo, sobre la mesa del comedor, y la carne del Salvador, Aleluya. El brillo del oro y el organillo de plata.
Entra en su habitación sin llamar, vomita sobre el brillante parquet, y el suelo traga porque, ay inmaculado, está tan podido como ella. Una voz lejana la manda al infierno (no, al cielo) y entre carcajadas la Bohemia sale.
Sabiéndose centro de la mirada de su padre, se postra de rodillas frente a la televisión con devoto silencio. En estático placer comienza a gritar su nombre, amantísima. Los gemidos hacen eco en las paredes, aunque no queda nadie para escuchar (excepto tal vez la paloma muerta del tejado, alguien debería limpiarlo).
Paga la cuenta con absoluto recato, y una llama arde (ah, no, que es de plástico). En latín, lanza maldiciones: "a qué espíritu aspiras, si hasta tu luz es un artificio barato". Marca una equis sobre su corazón y se marcha.
Dos extraños en un vagón de metro colisionan cráneos en impacto mortal. La Bohemia sonríe. A martillazos se filosofa mejor.